sábado, 10 de agosto de 2013

La Jornada: Raúl Álvarez Garín: la referencia indispensable

Raúl Álvarez Garín es uno de los personajes más emblemáticos del movimiento estudiantil-popular de 1968. Durante el conflicto tuvo una enorme influencia en la conducción del Consejo Nacional de Huelga. Preso en Lecumberri durante dos años y siete meses, desempeñó un papel central en atenuar los efectos degradantes de la vida en la cárcel y fomentar a su interior un ambiente de estudio organizado. Años más tarde, su reflexión sobre los acontecimientos fue central para esclarecer lo sucedido. Con mucho, su trayectoria política encarna las aspiraciones y convicciones de la generación que protagonizó esa protesta.

"El 68 –escribió Carlos Monsiváis en La tradición de la resistencia– es el fenómeno más significativo de la historia de México en la segunda mitad del siglo XX". Para muchos jóvenes, esa fecha fue su bautizo de fuego en el mundo de una política distinta. Hasta ese momento, política era, en lo esencial, sinónimo de transa, corrupción, componenda y manipulación. Pero el movimiento dio a esa actividad un nuevo sentido de honradez, dignidad y verticalidad, de compromisos con causas colectivas. Raúl Álvarez ha mantenido a lo largo de todos estos años esos valores. Él es un político de convicciones morales.

Nacido en 1941, militante de izquierda desde su adolescencia, integrante de la Juventud Comunista, con la que rompió antes del estallido de 68, animador infatigable de la izquierda revolucionaria, Álvarez Garín es un hombre coherente. Ya lo era cuando con 27 años de edad se encontró en la cresta del descontento estudiantil del 68, había pasado por la Facultad de Ciencias de la UNAM y cursaba el tramo final de la licenciatura en físico-matemáticas en el IPN. Lo ha seguido siendo hasta nuestros días. Crítico implacable del poder, ha navegado toda su vida contra la corriente, apostado siempre a los movimientos sociales para transformar el país.

Su formación política inicial estuvo marcada por el activismo estudiantil, la influencia de la revolución cubana y su crítica a los partidos comunistas y las discusiones ideológicas promovidas por las organizaciones revolucionarias que surgieron en el país. Simultáneamente tímido y hosco, formal y responsable, desarrolló grandes dotes como organizador.

Ante asambleas y grupos, Raúl habla pausadamente, con sencillez y autoridad. Así lo ha hecho durante décadas. En sus intervenciones políticas busca explicar el significado de los hechos, los alcances de las acciones. Es simultáneamente estratega y pedagogo. De manera directa da contexto y problematiza el alcance de las posiciones a debate. Su lenguaje es comprensible, ajeno a la jerga marxista aunque profundamente influido por esta teoría.

Casado en primeras nupcias con María Fernanda Campa, hija del dirigente ferrocarrilero comunista Valentín Campa, quien pasó la mitad de su vida en cárceles y en la clandestinidad, Raúl vivió desde joven la experiencia de la represión de manera directa. Nunca ha olvidado esa lección.

Entrevistado hace cinco años por una publicación de izquierda, señalaba: Siento un compromiso vital con los aspectos políticos generales, no sólo por la experiencia propia, sino por lo que se muestra que continúa como amenaza grave en la vida nacional. Esto lo vivo como un problema de emoción también, porque uno siente que las amenazas de violencia represiva, de irracionalidad total, se mantienen y son de los componentes más graves.

Periodista revolucionario, al salir de la cárcel, en 1971, Álvarez Garín fue promotor, junto a un grupo de dirigentes del movimiento de 68, de la revista y organización política Punto Crítico. En el México de aquellos años los espacios para ejercer un periodismo independiente se limitaban al Excélsior de Julio Scherer, el suplemento La Cultura en México de Siempre! y la revista ¿Por qué? De allí que contar con una publicación que rompiera el cerco informativo fuera vista por la izquierda como una tarea central.

Punto Crítico apareció por vez primera en enero de 1972 para contribuir con una política editorial clara y consecuente, al debate organizado de las fuerzas de izquierda sobre bases objetivas y permanentemente renovadas, con la intención de acceder a una unidad creadora y no a una unidad estéril y a la postre burocrática.

Han pasado ya muchos años desde aquella aventura pero, ya como militante del Partido de la Revolución Democrática (PRD), Raúl continúa promoviendo la prensa crítica, ahora como coordinador de asuntos laborales y sindicales de Corre la Voz, un periódico de masas ampliamente distribuido entre movimientos populares del valle de México.

Incansable guardián de la memoria, Alvarez Garín presentó, a finales de 1993, siendo diputado de la 55 Legislatura, la iniciativa para adicionar al artículo 8 de la Constitución un párrafo que dice: Los ciudadanos tienen derecho al libre acceso a todos los archivos y registros oficiales, salvo aquellos relacionados con la seguridad y defensa del Estado, que estarán reservados hasta por un periodo máximo de 25 años, contados a partir de la fecha original de expedición del documento. Su propuesta fue congelada.

Como parte de su lucha contra el olvido publicó La estela de Tlaltelolco: una reconstrucción histórica del movimiento estudiantil del 68, uno de los libros más brillantes de cuantos se han escrito sobre los acontecimientos de ese año. También forma parte de esta misión, su incansable labor para que se esclarezcan los crímenes del pasado perpetrados por el Estado y se castigue al ex presidente Luis Echeverría.

El movimiento de 68 no se ha diluido ni asimilado. Su espíritu sigue vivo en los movimientos que hoy cuestionan el autoritarismo estatal y la falta de democracia, la desigualdad y la exclusión social. Para ellos, 68 es, como Raúl Álvarez, una re­ferencia indispensable. Por eso, este vier­nes 9, a las 5 de la tarde, en la sala Mi­guel Covarrubias del Centro Cultural Uni­versitario, se le realizará un homenaje.

Twitter: @lhan55

l teatro chino es milenario y su rica tradición nos sigue deslumbrando. Sus máscaras, y pongo por caso las del periodo de la dinastía Ming, admiran por su poder expresivo. El color de esas máscaras determina el carácter del personaje que el actor representa. Amarillo para la ambición, azul para la astucia, verde para la impetuosidad. En las representaciones donde aparecen emperadores, los bufones de la corte llevan la cara pintada con trazos de albayalde alrededor de los ojos y la nariz, para realzar así su doblez. La máscara siempre esconde algo, o esconde a alguien.

Todo esto de las máscaras viene a cuento cuando uno piensa en Wang Jing, el dueño del Gran Canal de Nicaragua, ese personaje que parece salido, aún recién maquillado, de los camerinos de la ópera de Pekín; y lo presto provisionalmente a este artículo porque bien merece una novela donde la dualidad y el misterio barato se darían la mano con la comicidad que siempre se extrae del absurdo, toda una comedia de equívocos detrás de la cual se alza una gran tragedia, representada en el vasto escenario que es la geografía atribulada de un país.

Este Wang Jing de mi ópera bufa enseña en su currículo el título de médico herbolario obtenido en una universidad de Pekín cuyo nombre, misterio gratuito o falacia acomodada, prefiere no revelar. Un médico herbolario que se fue a buscar fortuna a Camboya en la explotación de minas de oro a cielo abierto, siguiendo el alegre mandato que el presidente Den Xiaoping dio en 1992: "vayan y enriquézcanse… pero nunca se metan en política". Aun así, Wang no da la medida para codearse con los extravagantes megamillonarios que hoy pueblan la República Popular China.

Sus íntimos colaboradores lo llaman chairman, porque a él así le gusta, el chairman Wang. Un mural de la escuela del viejo realismo socialista, en el que aparece en primer plano el chairman Mao Tsedong, destaca en su oficina de la empresa Xinwei en un parque industrial al norte de Pekín, adornada también con docenas de modelos a escala de aviones caza, plataformas de lanzamiento de cohetes, carros blindados y satélites militares, toda una parafernalia insólita para un médico herbolario que se hizo empresario de telecomunicaciones sin saber nada de teléfonos celulares, según confiesa.

En septiembre de 2012 apareció por primera vez en Nicaragua porque Xinwei había ganado una licitación para establecer una red de telefonía móvil, bajo la patente McWill, con una inversión de 2 mil millones de dólares. No hubo contrincantes, pues la banda de transmisión requerida sólo se usa en China. Los trabajos de la red nunca comenzaron, y la página web de McWill se halla permanentemente bloqueada. En Ucrania aún esperan que Xinwei se haga cargo de la concesión que recibió años atrás. También puede ser una novela de fantasmas la que estoy proponiendo.

Un año después regresó para firmar el tratado Ortega-Wang, que le concede derechos absolutos por un siglo sobre el Gran Canal que promete construir en apenas cinco años, igual que los genios de Las mil y una noches transportan montañas y levantan palacios en un abrir y cerrar de ojos. Esta vez venía acompañado de una vistosa corte, piezas de caza mayor, que causó la admiración de muchos, entre ellos el politólogo Arturo Cruz, ex embajador de Ortega en Washington: "McLarty es una de las principales compañías de cabildeo en Estados Unidos… pero cuando me percato que McKinsey está también trabajando con esta iniciativa... ¡es una firma inmensa!... Todos los que se gradúan en las grandes escuelas de negocios en el mundo quieren trabajar para ellos… Ya estás hablando de McKinsey, de McLarty, y ahora estás hablando también de Kirkland, que hasta hace unos pocos años era el quinto bufete de mayor tamaño en Estados Unidos…"

¿Quién está pagando todos estos lujosos servicios? Wang, de su propio bolsillo, según declara humildemente. Porque no se arredra ante la descomunal tarea de partir en dos un país del que hasta hace poco nada había llegado a sus oídos, tan ignoto que, según sus palabras, presenta amplias zonas borrosas en los mapas de Google. Y para hablar de la misión que le ha dado el destino, se desprende de sí mismo en tono mayestático: Los nicaragüenses han tenido este sueño por centenares de años y de pronto aparece un chino y les dice que tiene un plan. Se quedaron sorprendidos. El chino, por supuesto, es él. En Pekín, al enseñar la ruta que seguiría el canal en un mapa, el mapa estaba al revés; al voltearlo, se adivina que se trata de la ruta del río San Juan, fronterizo a Costa Rica.

Pero semanas después había cambiado de opinión, y también desde Pekín, su capital imperial, anunció que la ruta sería otra; según parece, la gusta jugar con los crayones de colores para trazar gruesas líneas en el mapa de Nicaragua: desde el puerto de Bluefields en el Caribe, el Gran Canal entraría al Gran Lago para salir hacia el Pacífico, no obstante que 4 mil personas, según sus propias cuentas, seguían trabajando en los estudios de factibilidad.

HKND es la compañía propiedad suya, inscrita en el paraíso financiero de Gran Caimán, que recibió del gobierno de Ortega la concesión del Gran Canal. A los pocos días desmentía a su dueño único. La decisión sobre la ruta final se basará en estudios técnicos, ambientales, comerciales, comunitarios y otras investigaciones que se están desarrollando, reza el comunicado. ¿Cómo puede contradecir una empresa a su dueño absoluto?

Al asegurar que el Gran Canal era un proyecto serio, Wang afirmó que no quería convertirse en el hazmerreír del mundo, y por tanto no iba a fallar. Pero ya se ha convertido. Hasta aquí la comedia. La tragedia es que este bufón de la ópera de Pekín, es ahora dueño por un largo siglo de la soberanía de Nicaragua, mediante un tratado regalado. O quien esté detrás de su máscara.

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